San Martín de Porres, hijo de una mujer afroperuana y un noble español, es uno de los santos más queridos de América Latina. Desde niño destacó por su humildad, su amor por los pobres y su profunda sensibilidad hacia los enfermos. Ingresó como donado en el convento dominico de Lima, realizando oficios humildes como barbero, enfermero y encargado de la limpieza.
Su caridad fue extraordinaria. Atendía a los enfermos sin importar su origen o condición, llegando incluso a acoger a animales maltratados, a quienes trataba con ternura. Su fama de santidad se extendió rápidamente debido a los numerosos milagros que se le atribuyen: curaciones instantáneas, bilocación, levitación y conocimientos sobrenaturales.
Martín vivió una espiritualidad basada en la sencillez, la penitencia y la entrega silenciosa. Nunca buscó reconocimiento; su única motivación era el amor a Cristo en el prójimo. Fundó obras de caridad, compartía lo poco que tenía y defendió a los esclavos afrodescendientes, anticipándose a los valores de igualdad humana.
Murió en olor de santidad en 1639. Fue canonizado en 1962 por Juan XXIII, quien lo llamó "el santo de la caridad". Hoy es patrono de la justicia social, la armonía racial y los barberos.